Faustino Oro, más allá del prodigio: cómo vive, piensa y crece el Gran Maestro de 12 años
El argentino que irrumpió en el ajedrez durante la pandemia ya es Gran Maestro, pero detrás de los títulos y los récords hay un chico de 12 años, que sorprende por la naturalidad con la que convive con el fenómeno que protagoniza. En diálogo con DEPORTV, cuenta cómo construyó su camino y qué espera del futuro.

Hay una escena que explica cómo empezó todo. No es en un torneo multitudinario, ni en un escenario internacional, ni ante un rival de elite. Se trata de una computadora, en la habitación de una casa durante la pandemia y con un chico que buscaba algo para hacer mientras el mundo estaba detenido.
Faustino Oro tenía siete años cuando comenzó a jugar al ajedrez durante el aislamiento. Al principio era una manera de pasar el tiempo y después se convirtió en una actividad de horas frente a un tablero virtual. Las partidas se hicieron cada vez más interesantes, las jugadas empezaron a ocupar su cabeza y aquello que había comenzado como un juego fue adquiriendo otra dimensión.
“Todo empezó en la pandemia. Al principio jugaba en la computadora para entretenerme y no aburrirme en casa. Pero de a poco le fui agarrando el gusto y me di cuenta de que me pasaba horas pensando en jugadas”, cuenta Faustino en una nota con DEPORTV.
No recuerda un instante puntual en el que haya decidido que el ajedrez sea su vida. Tampoco hubo un punto de inflexión ni un cambio abrupto. Su historia, al menos como él la cuenta, fue bastante más sencilla y armoniosa.
“No hubo un momento exacto en el que dije: ‘esto es mi vida’, sino que me fui dando cuenta de que cada vez quería entrenar más, jugar contra rivales más fuertes y superarme. Se dio todo muy natural porque para mí sigue siendo algo fascinante”, explica.
Esa palabra -natural- aparece varias veces y sorprende cuando Faustino habla de sí mismo. Quizás porque su crecimiento fue tan acelerado que desde afuera cuesta encontrar una explicación que no esté relacionada con lo extraordinario. En pocos años pasó de aprender a mover las piezas a convertirse en uno de los jugadores con mayor proyección en el mundo.
Pero para Faustino, detrás de cada récord, de cada logro, hay algo bastante menos extraordinario de lo que todos suponen: sentarse frente a un tablero y trabajar.

Del club de barrio al mundo
Su historia competitiva comenzó en 2021, cuando disputó su primer torneo de ajedrez clásico: el 8° IRT Alejandro Judewicz, en Mar del Plata. En ese momento, ingresó al ranking FIDE con 1922 puntos y quedó como número uno de su categoría, una posición que sostuvo en los años siguientes.
Ese mismo año fue campeón argentino Sub-8. En 2022 ganó el Campeonato Panamericano Sub-10 en Montevideo y consiguió su primer título de Candidato a Maestro.
Los primeros pasos se aceleraron de manera inusitada y su salto en el mundo de los tableros y las piezas fue vertiginoso. En abril de 2023 alcanzó los 2300 puntos de Elo durante un torneo en el Club de Ajedrez Villa Martelli y se convirtió en el Maestro FIDE más joven de la historia por puntos.

Poco después llegó su primera norma de Maestro Internacional y, en 2024, completó las dos restantes para convertirse en el Maestro Internacional más joven de la historia en ese momento. Luego fue por más y en mayo de este año logró la última norma para consagrarse en Gran Maestro, el mayor estatus que reconoce la Federación Internacional (FIDE).
En paralelo, aparecieron los reconocimientos y los apodos de admiración, a medida que su figura lograba trascender por la magnitud de sus logros. Primero fue el “Pibe de Oro”. Después llegó una comparación todavía más grande: el “Messi del ajedrez”.
Y hubo algo todavía más significativo: comenzó a recibir el reconocimiento de los propios gigantes de la disciplina. Garry Kasparov lo bautizó “Chessi”, un apodo que combina el ajedrez con el apellido del mejor futbolista de la historia,y Magnus Carlsen, con quien ya se midió en partidas virtuales, elogió públicamente su juego.
“Es un orgullo enorme. Que leyendas como Kasparov o Carlsen, a quienes tanto admiro y sigo desde que empecé, se fijen en mi juego. Igual trato de tomarlo con calma: me da mucha energía para seguir entrenando, pero sé que para llegar a donde ellos llegaron me queda un camino larguísimo por recorrer”.
Esa distancia entre lo que ya consiguió y lo que todavía le falta explica buena parte de su presente. A los 12 años ya es Gran Maestro, pero todavía se piensa como un jugador en construcción.
Una rutina poco común
Detrás de las partidas, los viajes y los torneos existe una conducta particular por la edad de quien la lleva a cabo. Faustino va al colegio en Barcelona como cualquier chico de 12 años, pero cuando vuelve, empieza el trabajo de ajedrez que lo distingue. Entonces, se sumerge en la táctica, el cálculo, la evaluación de posiciones y el estudio de aperturas junto a sus entrenadores.
“Mi día a día tiene bastante rutina: me levanto, desayuno, voy al colegio y cuando vuelvo, me pongo con las actividades de ajedrez”, resume con su típica sencillez.
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Su agenda combina viajes y las competencias internacionales. Su recorrido lo llevó a escenarios de elite: disputó el Mundial de Rápidas y Blitz en Doha, tuvo actuaciones destacadas ante jugadores de más de 2700 de Elo, participó en el Tata Steel Challengers en Países Bajos y fue protagonista de una histórica participación en la Copa del Mundo en la India.
Pero cuando se le pregunta qué resigna para llevar adelante esa vida, no habla de sacrificios sobrevaluados y vuelve a su sistemática simpleza.
“No siento que resigne cosas de forma dramática porque hago lo que me apasiona, pero sí es verdad que viajo mucho y tengo horarios más estructurados que la mayoría de los chicos de mi edad”, explica.

La presión, fuera del tablero
La etiqueta de prodigio llegó antes que los grandes títulos. Los récords, las comparaciones y las expectativas también. Todo eso genera una combinación que puede resultar perjudicial para un chico de su edad pero Faustino procura que esa mirada no lo afecte.
“Intento no engancharme con lo que se dice afuera ni con los títulos que me ponen. Mis papás y mi equipo me ayudan mucho a mantener los pies en la tierra y recordar que lo principal es disfrutar la partida de ajedrez”, cuenta.
La idea parece sencilla, pero adquiere otra dimensión cuando se trata de un jugador de 12 años que ya es comparado con las máximas figuras de la historia. Por eso, acaso una de las claves para entender a Faustino no está en sus récords sino en la manera a cómo se refiere a ellos.
Los objetivos articulan su proceso de crecimiento como ajedrecista, pero nunca son una obligación. Así lo entendió siempre y lo demostró ante la ansiedad externa que se manifestó cuando buscaba la última norma para ser el Gran Maestro más joven de la historia, algo que finalmente no se produjo con ese récord.

Sus próximas metas son llegar a 2600 de Elo, ser campeón argentino y convertirse en el número uno del país. También quiere seguir enfrentándose regularmente con los mejores y consolidarse en los torneos de máximo nivel.
“Más allá de los resultados, quiero llegar a ser un jugador completo, sólido en todas las fases de la partida y con un estilo propio, respetado por su ética y su nivel en el tablero”, afirma.
El regreso a casa como celebridad
Durante su reciente gira por Argentina, Faustino constató otra dimensión de su crecimiento. El fenómeno no estuvo vinculado a cuestiones de Elo, títulos ni normas de Gran Maestro, sino a la popularidad y el impacto de su figura.
Volvió a lugares que forman parte de su historia y se encontró con chicos que ya conocen su nombre, que quieren sacarse una foto con él o simplemente sentarse a jugar.
Uno de esos lugares tuvo un significado especial: fue el Círculo de Ajedrez Torre Blanca, en Buenos Aires, donde comenzó a construir su vínculo con el ajedrez.
“Fue algo increíble. Sentir el cariño de la gente bien de cerca, ver la cantidad de chicos que se acercaron a las exhibiciones con una sonrisa y con ganas de jugar. Todo muy emocionante”, cuenta.

El fenómeno empieza a ser inspirador. “De a poco me voy dando cuenta cuando voy a un torneo o me cruzo con chicos que me piden una foto o me dicen que empezaron a jugar por mí. Me da muchísima alegría ver que más chicos se acercan al ajedrez, porque es un juego hermoso que te enseña a pensar, a tener paciencia y a respetar al rival”.
Argentina, además, ocupa un lugar particular en esa relación. "Me da un apoyo enorme y me hace sentir súper acompañado sin importar en qué parte del mundo me toque competir”, asegura.
El chico detrás del ajedrez

Pero ¿qué hace Faustino cuando no juega al ajedrez?, ¿cuáles son las otras motivaciones que equiparan al Gran Maestro con otros chicos de 12 años?. La respuesta pone su figura en una escala más terrenal.
Le gusta jugar al fútbol, mirar partidos, ver películas y series. Juega a la Play. También disfruta pasar tiempo con su familia y encontrarse con sus amigos. Todo con una condición innegociable en esos momentos: no hablar de ajedrez durante un rato.
Mientras el mundo del ajedrez discute hasta dónde puede llegar, Faustino todavía tiene 12 años -cumplirá 13 el 14 de octubre- y es un niño que no se deja ganar por el profesional. Sabe calcular, competir y convivir con una expectativa que creció mucho más rápido que él.
Pero cuando se sienta frente al tablero, aparece una sensación que explica la esencia de su grandeza: todavía le fascina jugar.
