Abbebe Bikila, el atleta de Etiopía que alcanzó la gloria en Roma con sus pies desnudos
Hace 65 años, el fondista africano ganaba el Maratón de los Juegos Olímpicos que se celebraron en la capital de Italia tras recorrer descalzo los 42 kilómetros de la competencia. Así, se convirtió en el primer africano en obtener una medalla dorada en la historia del olimpismo.

En calles de esa Ciudad Eterna, que supo ser recorrida por reyes, guerreros, emperadores, mártires y papas, un ignoto atleta africano consumaba hace 65 años una de las hazañas más épicas del olimpismo al desafiar las lógicas del atletismo moderno en una de las pruebas más tradicionales de ese deporte. El 10 de septiembre de 1960, el fondista e Etiopía, Abbebe Bikila ganaba el Maratón de los Juegos Olímpicos de Roma al correr descalzo los 42,195 kilómetros de la prueba en 2 horas y 16 minutos, lo que constituyó además un récord.
Abbebe nació en Jato, un pueblo muy pequeño de la región de Shewa, el 7 de agosto de 1932, el mismo día en el cual el corredor argentino Juan Carlos Zabala obtenía el Oro Olímpico en los Juegos de Los Ángeles al imponerse en el Maratón. Una coincidencia que pareció signar el destino de ese joven, criado en el seno de una humilde familia de pastores de ganado ovino.
Tres años después de su nacimiento, Etiopía resultó invadida por las tropas que respondían al dictador fascista Benito Mussolini, que dispuso tomar el país africano como parte de un proyecto de expansión territorial que buscaba la creación de una Italia imperial.
La familia Bikila debió escapar de su pueblo cuando la región fue invadida por las tropas fascistas y volvió a Shewa cuando el país fue “liberado” por los británicos a principios de los años 40’. Abbebe tuvo una vida plagada de limitaciones, y recién a los 14 años consiguió aprender a leer y escribir.
A los 20 años, emigró a la capital del país, Adís Abeba, donde ingresó a la Guardia Personal que servía al emperador, Halie Selassie. En ese cuerpo, Abbebe se aficionó a correr y a cubrir largas distancias por las calcinantes sabanas de esa región africana para llevar correspondencia.
En medio de esos menesteres, un entrenador sueco, Onni Niskanen, que había sido contratado por el estado etíope con el propósito de desarrollar el atletismo en el país y preparar a sus corredores fondistas.
Y el formador escandinavo potenció al máximo las condiciones de ese joven recluta, que, tras participar de forma exitosa en varias competencias nacionales organizadas por las Fuerzas Armadas de Etiopía.
El camino hacia Roma y la Gloria Olímpica
Bikila no había resultado seleccionado para integrar el equipo olímpico de Etiopía, pero a último momento, uno de los integrantes sufrió una lesión y el oriundo de Jato resultó citado para formar parte de la delegación.
Llegado a Roma, la ciudad en la cual habían desfilado triunfantes las tropas de Il Duce que habían invadido su país cuando era un niño, comenzó a entrenar y a probar distintos modelos de calzado diseñados por Adidas, la empresa que tenía la exclusividad de la indumentaria que se usarían en los Juegos de Roma.
Pero ninguna de esas zapatillas lo conformó; no se adaptaba a los modelos que le ofrecían, y un día antes de correr la tradicional prueba, le confió a Niskanen que su plan era correr descalzo por las calles de Roma.
Al verlo llegar descalzo a la zona de largada, el resto de los atletas que iban a participar de la carrera lo miraban extrañado.
El fondista estadounidense, Gordon McKenzie, consideró que no debían preocuparse por ese joven desgarbado, dispuesto a competir con los pies desnudos y que nadie conocía en el mundo del atletismo.
La Maratón de Roma se largó cuando el comenzaba a caer detrás de las siete colinas y por eso la mayor parte de la competencia se desarrolló por la noche, un hecho inédito que nunca más volvió a repetirse en la historia del olimpismo.
Hubo tres argentinos que formaron parte de ese Maratón: Osvaldo Suárez, Gumersindo Gómez y Walter Lemos, que por abandono no pudo completar la prueba.
El marroquí Rhadi Ben Abdesselam, favorito a la obtención de la medalla dorada, se puso al frente de un pelotón de corredores que lideraban la competencia.
Descalzo, Bikila comenzó a ganar posiciones de a poco por el suelo empedrado de Roma.
En su derrotero, Abbebe vivió un momento de vindicación. A marcha y veloz, pasó por el obelisco de Aksum, un monumento que los italianos se habían robado de las tierras etíopes que habían invadido cuando él tenía tres años.
En el tramo final de la competencia disputó un mano a mano con Ben Addesselam, pero en los últimos 500 metros, el etíope decidió a atacar y sacarle a su inmediato competidor la ventaja decisiva que le valió obtener el primer lugar en el podio olímpico e ingresar en la historia de su nación y de África toda como el primer atleta de ese continente en ganar una medalla dorada.
Cuatro años después, en los Juegos de Tokio, Abbebe Bikila volvió a correr un Maratón y otra vez se quedó con el oro. Pero esta vez corrió con zapatillas y consiguió bajar su marca personal al completar la carrera en 2 horas y 12 minutos.
Compitió en México 1968, pero abandonó en medio de la carrera. Un año después, en Adís Abeba, sufrió un accidente automovilístico que lo dejó postrado por cuatro años. Nunca pudo recuperar la movilidad de sus piernas y murió a los 41 años.
La hazaña de Abbebe Bikila en las calles de Roma marcó un hito en el deporte de Etiopía y abrió, con sus pies desnudos, un camino que recorrieron otros grandes fondistas que tuvo el país, como Kenenisa Bekele, Haile Gebrselassie y Tirunesh Dibaba. Sin dudas, ese fue su gran legado como atleta.



