El pie de millones de argentinos
"Cachete" Montiel, un especialista desde los doce pasos, cargó con la responsabilidad del momento más tensionante en la final de Lusail. Todo un país a sus espaldas en la búsqueda de terminar del máximo sueño.

El estadio de Lusail no vivirá un partido igual. Argentina y Francia acaban de empatar 3 a 3 en una definición de la Copa del Mundo atrapante. Probablemente la mejor final en la historia de los Mundiales. La igualdad en tiempo suplementario determina que el ganador alzará el trofeo por la vía de los penales. A todo o nada.
Kylian Mbappé, la gran figura francesa, autor de los tres goles, abre la serie y se retira invicto ante "Dibu" Martínez, a pesar de que el marplatense estuvo cerca de desviar su remate. Argentina inicia con su símbolo: Lionel Andrés Messi. El disparo suave del rosarino, a la izquierda, engaña a Hugo Lloris.
La ilusión europea se deposita en Kingsley Coman, pero el "Dibu" empieza su show. Lo ataja y desata la euforia albiceleste en las tribunas. El cordobés Paulo Dybala elige el medio y a pesar de una floja resolución, la pelota encuentra destino de red. Sucesivamente, Aurélien Tchouaméni desvia su remate; Leandro Paredes convierte el suyo y Randal Kuolo Muani, el mismo que tuvo la victoria en el último instante y se topó con el pie salvador de "Dibu", no falla en su misión.
Argentina está al alcance de la gloria. Con tan sólo un penal. Los jugadores están en el medio de la cancha. Abrazados y esperanzados. Gonzalo Montiel sabe que es su momento. Es su turno. Sus ojos siguen húmedos. Minutos antes fue protagonista del empate de Francia en tiempo suplementario. Una mano suya en el área determinó el penal que Mbappé transformó en gol para el 3-3. "Cachete" lloró.
Se sintió culpable, pero el fútbol suele dar revancha. A veces más temprano, a veces más tarde. Antes de la tanda, Lionel Scaloni observa el semblante de quienes fueron elegidos para patear. Montiel acepta el desafío propuesto por el entrenador, quien no conforme, le hizo la misma pregunta dos veces. El "sí" rotundo de Montiel deja las cosas en claro. Tampoco surtió efecto el pedido de Lautaro Martínez, encargado del quinto penal, con la serie 3-2 a favor. El "Toro" intentó convencerlo de ocupar su lugar, pero no hubo caso. Hasta ese momento, Montiel era infalible en los penales. En River pateó 7 y convirtió los 7. Y respondió satisfactoriamente cada vez que le tocó tanto para Argentina como en Sevilla.
"Cachete" piensa en la familia en su caminata al punto penal. La que está en todos los momentos. Los buenos, pero fundamentalmente los no tanto. Muy lejos quedaron los clubes de barrio San Enrique y El Tala, donde solía jugar "con la presión" de un futuro mejor para él y sus seres queridos. El tranco sereno y un movimiento de la cabeza, de lado a lado, antes de agarrar la pelota.
Concentración extrema para acomodarla en el punto blanco, mientras el árbitro polaco Szymon Marciniak le daba indicaciones que resultaban imperceptibles a sus oídos. Montiel da unos pasos hacia atrás y se detiene. Millones de miradas posadas en él. Y de repente, un gesto simple, humano. Respira y suelta el aire. Sus años gloriosos en el River de Marcelo Gallardo coincidieron con Sandra Rossi, la especialista en medicina en el deporte.
"Cuando uno inspira por nariz, en el fondo de nuestras fosas nasales, hay una celulitas que están todas juntitas ahí, que se llama bulbo olfatorio, que cuando pasa el aire, se estimula, y tiene una autopista hacia el centro de nuestro cerebro, que es donde están nuestras emociones. Cuando se estimula, va a calmar a las emociones", describió Rossi en una nota a Urbana FM. Y eso hizo "Cachete". El árbitro pita y el silencio no es tiempo perdido en Qatar, al menos por un segundo. Acto seguido, Montiel observa el movimiento de Lloris y se decanta por el palo izquierdo para quedarse con toda la gloria.

El gol de Montiel, que puso fin a 36 años de sequía, genera la corrida desaforada de sus compañeros. Libera el "¡Ya está, ya está!" de Messi con los ojos clavados a una platea, donde está su familia. El crack rosarino se quita definitivamente esa mochila pesada y levanta, no sólo en nombre de todos los argentinos, la tan preciada Copa del Mundo, sino también en representación de una generación de futbolistas que masticó mucho veneno mediante sucesivas frustraciones. El gol de "Chachete" cumple el sueño de Ángel Di María, el que tantas veces se dio la cabeza contra la pared, y un 18 de diciembre de 2022 logró derribarla. El césped es mitad euforia argenta, mitad desazón francesa. Scaloni contiene inexplicablemente la emoción cuando la pelota toca la red. Tan sólo una mueca de felicidad en los labios y una mirada perdida al césped. Lo habían logrado. Así era la tan anhelada sensación de sentirse campeón del mundo. Pero tanta emoción no cabe en un cuerpo. Por eso, cuando Paredes va a su encuentro, el entrenador larga todo. Las lágrimas brotan y la boca estalla. Es un hombre desbordado emocionalmente. Es la imagen recompensa después de años de trabajo. Es el momento en que le cae la ficha de que entró en la historia grande del fútbol argentino. Que ya se puede sentar en la misma mesa que Céasr Luis Menotti y Carlos Salvador Bilardo.
El derechazo certero de Montiel generó el estallido del pueblo argentino. Jubiloso como no se veía hace tiempo, copó las calles, en cada rincón de las provincias, para un festejo eterno, sin distinción de camisetas ni ideas o discursos. Y que se replicó días después con la llegada del plantel a Ezeiza. 5 millones de argentinos y argentinas desparramados, borrachos de felicidad. Una revolución. Una locura. Un desahogo.
"No tenía pensado donde patear. Miré al arquero, me fijé dónde se tiraba, y ahí decidí patear al otro lado", reveló Montiel meses después de la coronación, en su regreso a Sevilla de España.
"El pie de Gonzalo fue el de tantos millones de argentinos", declaró poco después Scaloni, en un resumen perfecto de lo que significó ese penal para Montiel, plantel y cuerpo técnico, y todo un país.





