El Maracanazo: la gran hazaña del fútbol uruguayo en el Mundial de 1950 que enmudeció a un país
La Selección Celeste derrotaba hace 75 años a Brasil y lograba su segunda Copa del Mundo en un partido memorable jugado ante 200 mil espectadores en el estadio Maracaná de Río de Janeiro. El capitán charrúa, Obdulio Varela, fue, dentro de la cancha, el gran artífice de esa epopeya.

El fútbol uruguayo escribía hace 75 años su página más gloriosa de su rica historia con una victoria que enmudeció a 200 mil almas que se congregaron en el estadio Maracaná de Río de Janeiro, donde todo estaba preparado para que el pueblo brasileño celebrara la obtención de la Copa Mundial en un marco desbordante.
Un sueño que frustraron once jugadores vestidos con la camiseta celeste, quienes de forma inesperada derrotaron por 2 a 1 a la selección local en una epopeya deportiva que le permitió a Uruguay ganar el Mundial de 1950 y que se conoció como “El Maracanazo”.
La Segunda Guerra Mundial impidió que se disputaran las citas ecuménicas de 1942 y 1946, y la FIFA dispuso que la Copa del Mundo se disputara en Brasil.
Hubo varias deserciones y ausencias importantes en ese certamen al cual asistieron nada más que 13 equipos: siete por el continente americano y seis por Europa.
No hubo tampoco representantes de Asia, África y de los países del bloque socialista como la Unión Soviética, Hungría y Checoslovaquia, que por entonces tenían selecciones con un reconocido prestigio deportivo en el viejo continente.
Alemania, dividida en dos países y en plena reconstrucción por los efectos de la contienda bélica que había asolado al mundo entre 1939 y 1945, prefirió no participar.
Argentina, que se había postulado para organizar el Mundial de 1938 y había sido rechazada, tampoco se sumó a la disputa del Torneo.
El pretexto era que la ida al exterior de varios talentosos jugadores argentinos que se desempeñaban en el medio nacional le había restado competitividad a la selección nacional.
Entre tantos renunciamientos, se produjeron dos asistencias de renombre a la cita deportiva que iba a desarrollarse en Brasil: Inglaterra, el país que se jactaba haber inventado el fútbol y participaba por primera vez de una Copa Mundial, y Uruguay, los primeros ganadores de esta competencia, cuya primera edición se había celebrado 20 años atrás en suelo charrúa.
El estadio más grande del mundo

Brasil quiso estar a la altura de su condición de anfitrión de la máxima fiesta del fútbol y dispuso la construcción de un gran estadio en Río de Janeiro, la ciudad que por entonces era la capital del país.
Ese fue el propósito que impulsó la edificación del Maracaná, una cancha con capacidad para 200 mil espectadores, la más grande del mundo, donde se jugarían el partido inaugural y el compromiso decisivo del campeonato.
Los 13 participantes se agruparon en cuatro zonas conformadas por distintas cantidades de equipos. Así, hubo dos grupos de cuatro integrantes; uno con tres y otro con sólo dos, donde compitieron Uruguay y Bolivia.
Los ganadores de cada zona disputaron un cuadrangular al que clasificaron Brasil, Uruguay, España y Suecia, que jugaron todos contra todos para determinar cuál iba a ser el campeón. En consecuencia, el formato del torneo no contemplaba la disputa de una final.
En el Maracaná, Brasil inició su participación en la etapa decisiva con un fútbol arrollador y logró dos victorias categóricas: un 7 a 1 ante Suecia y un 6 a 1 sobre España.
Por su parte, Uruguay empató 2 a 2 con España y derrotó a Suecia por un ajustado 3 a 2. Ambos encuentros se desarrollaron en el Pacaembú de San Pablo.
El 16 de julio de 1950, Brasil y Uruguay iban a definir el título del Mundial en el Maracaná. Con un empate, los locales se aseguraba la obtención de la Copa del Mundo. Los orientales necesitaban un triunfo, algo que parecía sencillamente imposible.
La tarde del gran Obdulio, el gol de Ghiggia y el silencio
Nadie creía que Uruguay sería capaz de lograr una victoria, sobre todo por el nivel que Brasil venía mostrando en el campeonato.
Todo era euforia en Brasil. Las tapas de los principales diarios anticipaban la coronación de la selección nacional; se había compuesto una marcha de homenaje a los jugadores y diseñado 500 mil remeras con la inscripción “Brasil campeón”.
Consciente del poderío que mostraban los locales, el entrenador uruguayo, Juan López Fontana, se convenció que lo mejor era jugar el partido a la defensiva para evitar así una derrota humillante. Y eso le pidió a sus dirigidos.
Antes del partido, cuando el DT se retiró para la cancha y dejó solo a los jugadores en el vestuario, el capitán Obdulio Varela tomó la palabra y planteó un cambio de estrategia.
“Juancito es un buen hombre, pero está equivocado. Si salimos a meternos atrás, nos va a pasar lo mismo que les pasó a Suecia y España”, les dijo Varela a sus compañeros que sentían el estruendo ensordecedor de una afición local que se anticipaba a la celebración.
El volante redobló la apuesta y pronunció una frase a modo de arenga que quedó en la historia: “Los de afuera son de palo”, y la celeste salió a la cancha a enfrentarse con el fútbol de Brasil y el fervor que ponían 200 mil personas.
La Selección local, que por entonces lucía una camiseta blanca a vivos azules, tomó la iniciativa del partido con la idea de liquidar rápidamente el partido y asegurar un título que no podía escaparse.
La gran actuación del arquero uruguayo, Roque Máspoli, evitó en varias ocasiones la caída de la valla del conjunto celeste, que logró irse al descanso con el partido empatado en cero.
Desde las tribunas, la torcida ejercía presión y quería goles. No se conformaban con un empate. La Copa del Mundo debía ganarse ganado a lo grande.
En el segundo tiempo, el equipo de Brasil se hizo cargo del reclamo de sus hinchas y a los dos minutos se puso en ventaja con un gol de Friaca.
Ese tanto desató una algarabía total entre el público que se expresó con la detonación de petardos y cánticos de aliento para los locales. Todo Brasil acariciaba la Copa. No se podía escapar.
En ese contexto adversor, Obdulio Varela, conocido también como “el negro jefe”, tomó la pelota y encaró hacia el referí, el inglés George Reader, que había habido una posición adelantada en el gol.
Muchos años más tarde, el mismo Varela confesaría que paró el partido para enfriar a los brasileños e impedir que se envalentonaran con el aliento del público.
Con el partido reanudado, Uruguay se fue en busca del empate que llegó con un gol de Juan Alberto Schiaffino, a los 21’ del complemento y el partido se ponía 1 a 1.
Brasil no podía salir campeón empatando y salió a buscar el segundo. Uruguay aguantó y de tanto en tanto metía alguna contra.
Cuando faltaba poco más de 10 minutos para final y la consagración de Brasil, se produjo lo inesperado: Alcides Ghiggia encaró hacia el arquero Barbosa, quien dio un paso adelante dejando descubierto en segundo palo, el delantero aprovechó el error y puso el 2 a 1.
“Hubo tres personas que dejaron en silencio al Maracaná. El papa Juan Pablo II, Frank Sinatra y yo”, bromearía años más tarde Ghiggia al recordar su gol en esa mítica jornada.
Los brasileños se fueron con todo a buscar una igualdad que no llegó. A las 16.45, sonó el pitazo del final. Uruguay había salido campeón del mundo por primera vez en su historia. El público dejó el Maracaná en silencio, en medio de lágrimas. Los charrúas recibieron la Copa de manos de Jules Rimet, el titular de la FIFA, en una ceremonia breve llevada a cabo en medio de una desolación generalizada.
“Si ese partido se hubiera jugado 100 veces, hubiéramos perdido 99, pero ese día lo ganamos”, evocó mucho tiempo después el viejo Obdulio, artífice junto a otros diez jugadores que consumaron aquella inolvidable hazaña.





