A 40 años del día que Diego Maradona se convirtió en leyenda del fútbol mundial
El 22 de junio de 1986, de la mano de Pelusa, la selección de Carlos Bilardo le ganó por 2 a 1 a Inglaterra en un partido válido por los cuartos de final del Mundial de México 1986. En el estadio Azteca, el capitán de la albiceleste consumó la "Mano de Dios" y luego hizo el mejor gol en la historia de la Copa del Mundo.
En el fútbol, como en la vida, hay momentos cruciales, decisivos, en los cuales los grandes jugadores son llevados a dar algo más de sí mismos para convertirse en leyendas. Hace 40 años, Diego Armando Maradona enfrentó esa encrucijada del destino en el césped del estadio Azteca de la ciudad de México.
El 22 de junio de 1986, el capitán del elenco albiceleste fue más allá de sus extraordinarias cualidades técnicas para darle a la Selección argentina una de las victorias más importantes de su rica historia.
Ese día, El Diego, Pelusa, el astro que brillaba desde hacía dos años en el firmamento de Nápoles, al pie del volcán Vesubio y a las orillas del mar Mediterráneo, desafiaba las lógicas del juego y marcaba dos goles, uno lleno de picardía y otro plagado de genialidad, para concretar una faena decisiva que le permitía al equipo dirigido por Carlos Bilardo ganarle por 2 a 1 a Inglaterra en un partido válido por los cuartos de final del Mundial de México 1986.
Un encuentro lleno de connotaciones políticas y sociales, en un momento en el cual estaba aún fresco el recuerdo de una guerra en la cual parecieron más de 600 argentinos por defender un territorio usurpado desde 1833 por el imperio británico.
Un triunfo futbolístico que el pueblo argentino vivió como una vindicación, en el recuerdo de todos esos pibes que cayeron como soldados combatiendo en las islas Malvinas.
El Mundial de Diego
Maradona era en ese momento un jugador consagrado. Había debutado con 15 años en Argentinos Juniors; obtenido un campeonato con Boca en 1981, un título que le permitió llegar al Barcelona de España y pasar luego al Nápoli de Italia.
Diego era un futbolista reconocido, admirado por los hinchas, pero la Selección argentina constituía para él una gran asignatura pendiente.
César Luis Menotti lo había dejado afuera del plantel de la Selección que disputó el Mundial de 1978, una decisión que a Diego le dolió en el alma porque jugar esa Copa era un sueño que, con 18 años, anhelaba concretar como ninguna otra cosa.
Un año después, había brillado en Japón, en el Mundial juvenil que ganó ese equipo dirigido por Menotti, pero en 1982, en la Copa Mundial de España, Maradona no logró conformar las expectativas que el universo del fútbol había depositado en su ascendente figura.
Por eso, México 1986 era su gran oportunidad. Bilardo le dio la capitanía de la Selección ni bien asumió como DT del representativo superior de la AFA.
Tras unas Eliminatorias muy duras, en las cuales Argentina obtuvo el pasaje mundialista con un agónico empate 2 a 2 ante Perú, en el estadio Monumental, Diego inició una preparación a conciencia para la cita que iba a desarrollarse en tierras norteamericanas.
El equipo llegó al Mundial luego de una etapa previa con muchas dudas y cuestionamientos sobre la gestión de Bilardo. Sin embargo, al comenzar el torneo, el conjunto albiceleste se consolidó anímica y futbolísticamente.
La Selección arrancó con un triunfo ante Corea del Sur por 3 a 1; empató 1 a 1 con Italia, el campeón defensor, y doblegó sin problema a Bulgaria por 2 a 0. Argentina ganó su Grupo con toda justicia y debió viajar a Puebla para enfrentarse ante Uruguay por los octavos de final.
Argentina se impuso por 1 a 0 ante La Celeste con un gol de Pedro Pasculli y se clasificó para los cuartos de final, donde lo esperaba la Inglaterra de Gary Lineker, goleador y principal figura de ese elenco dirigido por Bob Robson.
El partido, la herida de Malvinas y el desafío de Diego
Como no podía ser de otra manera, la previa de ese partido que debían jugar Argentina e Inglaterra por los cuartos de final estuvo teñido por el morbo y las polémicas referidas al recuerdo cercano de la contienda bélica que ambos países habían sostenido en el otoño de 1982 en el Atlántico Sur.
Bilardo les recomendó a los jugadores evitar las controversias y enfocarse en lo deportivo. “De política no hablo, esto es un partido de fútbol”, se atajaba Diego cuando era abordado por los periodistas en el complejo del club América, donde se concentraba el plantel argentino.
En ese contexto de expectativas e ilusiones, ambos equipos salieron a la cancha del Azteca con el objetivo de pasar a las semifinales de la Copa del Mundo.
A las 12 del mediodía de Ciudad de México, la pelota empezó a rodar. El primer tiempo fue disputado, parejo y con un leve predominio de Argentina en el desarrollo.
Inglaterra planteó el partido con un 4-4-2 y Bilardo dispuso un 3-5-2, el esquema con el cual buscaba dejar su sello en la selección y en el fútbol internacional.
En las tribunas, los hoolingans ingleses y los barrabravas argentinos de varios clubes – enemigos declarados en las canchas argentinas, pero mancomunados en aquella jornada-- se trenzaron en varias ocasiones a golpes de puño dentro del estadio y sus alrededores, antes, durante y después del partido.
El complemento tuvo un trámite similar, hasta que los 6m de juego se produjo un quiebre en el resultado. El lateral Julio Olarticoechea se proyectó por la izquierda y tocó con Maradona, quien le dio un pase a Jorge Valdano. El defensor inglés Terry Fenwick lo anticipó y terminó dándole un pase defectuoso al arquero del elenco británico, Peter Shilton.
La pelota estaba en el aire y parecía que el arquero la podría controlar con facilidad. Diego igual la fue a buscar, dio un salto, extendió sutilmente su puño izquierdo, la tocó y la mandó adentro del arco.
Shilton y Fendwick corrieron a protestarle al árbitro tunecino Alí Bennaceur, que buscaba con la mirada al juez de línea, que no levantaba la mano ni lo llamaba. El referí convalidó el gol mientras Diego festejaba el tanto con sus compañeros en córner.
“La mano de Dios”, la treta más sublime de la historia de los mundiales estaba consumada. Argentina 1- Inglaterra 0. Pero habría más, mucho más. Maradona tenía una cita con la gloria y la iba alcanzar ese día en el Distrito Federal y ante los ojos del planeta.
“Barrilete cósmico”
Habían pasado 4m de la apertura del marcador cuando el Negro Héctor Enrique y se la tocó a Maradona, que recibió, giró y se sacó de encima las marcas de Beardseley y Peter Reid.
Entonces Diego encaró, decidido, lanzado en ataque como si fuera algo más que un jugador: parecía una máquina perfecta de gestar fútbol; de soñar con el juego. Iba por la historia, por su historia, por esa leyenda que había comenzado en los potreros de Villa Fiorito.
Eludió a Butcher y luego gambeteó a Fendwick para entrar al área. A esta altura de la jugada, Pelusa era imparable y madrugó a Shilton que intentó taparle el remate. Maradona salió por la derecha mientras Butcher se tiraba al piso desde atrás para quitársela. No pudo, pero Diego sí, y cayéndose la tocó con suavidad para marcar el 2 a 0.
Diego se levantó y salió corriendo festejando su obra de arte; el gol del Siglo XX, el mejor tanto convertido en la historia de la Copa del Mundo de la FIFA. El Azteca estalló. En Argentina, millones de personas que veían las acciones de ese encuentro por televisión deliraban de felicidad. Parecía que no había palabras para describir ese gol, esa jugada total, perfecta, pero un relator las encontró.
“¡Quiero llorar! ¡Dios Santo, viva el fútbol! ¡Golaaazooo! ¡Diegoooool! ¡Maradona! Es para llorar, perdónenme... Maradona, en una corrida memorable, en la jugada de todos los tiempos... Barrilete cósmico... ¿De qué planeta viniste para dejar en el camino a tanto inglés, para que el país sea un puño apretado gritando por Argentina? Argentina 2 - Inglaterra 0. Diegol, Diegol, Diego Armando Maradona... Gracias Dios, por el fútbol, por Maradona, por estas lágrimas, por este Argentina 2 - Inglaterra 0”, narró un conmovido Víctor Hugo Morales en la transmisión radial que hacía desde México y que con los años se convirtió en una pieza memorable del relato y del periodismo deportivo.
Valdano contó que, en el vestuario, cuando terminó el partido, Maradona le dijo que en medio de la jugada lo buscaba para darle un pase, pero cuando entró al área decidió que tenía que definir.
“En medio de la jugada sabía dónde yo estaba ubicado en la cancha. Me sentí empequeñecido como jugador”, sostuvo el delantero del Real Madrid.
Con dientes apretados hasta el final
Inglaterra se fue en busca de la igualdad con la tenacidad que caracteriza a los futbolistas británicos. Robson mandó a la cancha a John Barnes, nacido en Jamaica, pero naturalizado como inglés.
Era un puntero izquierdo que jugaba en el Watford. Habilidoso y rápido, Barnes puso en aprietos a la defensa argentina, picando a espaldas de Ricardo Giusti, lateral volante por la derecha del equipo de Bilardo.
“Carlos, ponga un marcador de punta, lo tiene a (Néstor) Clausen. Haga algo para parar a ese morocho”, le imploraban a Bilardo algunos jugadores en el banco.
“Voy a morir con la mía”, respondió el Doctor en la convicción de que, en lo personal, se estaba jugando algo más que un partido. El técnico quería ratificar sus ideas, ganar con la suya y contrarrestar las críticas que había recibido a lo largo de su ciclo al frente de la Selección.
A 10m del final, Barnes mandó un centro y Lineker, de cabeza, puso el descuento. Argentina lo aguantó, pero cerca del final pudo marcar el tercero con un remate del ingresado Carlos Tapia que dio en el palo.
El árbitro marcó el final del partido a los 46m. Argentina ganó por 2 a 1 y pasó a las semifinales, donde superaría a Bélgica y luego disputaría la final ante Alemania Federal. Pero esa sería otra historia.
En ese mediodía, en el Azteca, Maradona dejó hace cuatro décadas su sello. Se había consagrado como el mejor futbolista de ese campeonato al marcar el mejor gol en la historia de los mundiales.





