Garrafa Sánchez, el último atorrante
A 19 años de su trágica muerte, José Luis "Garrafa" Sánchez perdura como un ícono del fútbol de potrero. Con su zurda mágica y su autenticidad intacta, conquistó a Banfield y dejó huella en cada club que pisó. Su legado, marcado por el talento, la humildad y el amor por el juego, trasciende generaciones.

Los talentosos siempre encandilan pero cuando ese talento llega acompañado de la humildad y la sencillez de barrio, enamoran. El recuerdo de “Garrafa” Sánchez, a 19 años de su partida absurda pero en su ley, emerge cada 8 de enero. Es que se trató de un futbolista de excepcionales condiciones, que alcanzó la categoría de ídolo dónde jugó y para ello, tan importante como sus cualidades técnicas, resultó su autenticidad.
Su espíritu amateur nunca sucumbió ante el mandato del fútbol profesional. “Garrafa” fue siempre el mismo, sobre los campos de tierra del barrio La Jabonera, en La Tablada, donde nació, y también sobre el verde césped de la Primera División. Esa virtud de sentir el juego sin resignar el aspecto lúdico lo distinguió como un futbolista para el recuerdo con cada camiseta que defendió. Sea en Deportivo Laferrere, al que llegó con 13 años, en su ingreso a la adolescencia, como en El Porvenir, donde dejó una huella con el ascenso a la B Nacional, y en Banfield, su casa adoptiva.

Su historia con el Taladro fue amor a primera vista. No se explica de otra manera cómo un jugador nacido en otros pagos, que se vinculó con el club sólo cinco años, haya podido ingresar en el altar de los dioses. Ese que ocupan Eliseo Mouriño, Gustavo Albella, el “Pampa” Félix Orte, Javier Sanguinetti y el “Emperador” Julio César Falcioni, en orden histórico, entre otros.
O quizás sí se pueda explicar, toda vez que “Garrafa” fue una genuina expresión de héroe futbolero popular, llegado a Banfield para restablecer el orgullo, devolver la alegría y regalar jornadas inolvidables con esa zurda mágica que pulió en los potreros.

“Yo sólo pienso en jugar y divertirme. Siento que el fútbol es así, que tenés que demostrar lo que sabés y si sabés jugar tenés que estar tranquilo, no tenés de qué preocuparte. Hay jugadores que están nerviosos, que les duele la cabeza porque están pensando constantemente en el partido y no hay que pensar mucho, hay que jugarlo y punto”. Así de simple pensaba “Garrafa” Sánchez.
A partir de esa convicción, se entiende su frescura para moverse en la cancha y marcar diferencias, aún cuando su físico lo ponía en inferioridad de condiciones frente al rival, y la personalidad para decir “presente” en los partidos más calientes. El 10 era un especialista para finales -lo demostró en el ascenso del Banfield 2001 ante Instituto y Quilmes- y también momentos en que la pelota se convertía en una bola de fuego, como aquella del tiro libre anotado en la victoria sobre Independiente (2-1), la última fecha de Clausura 2002, que aseguró la permanencia y mandó a Lanús a la promoción.
Tenía rasgos de Ricardo Bochini en el pase y de Juan Román Riquelme para proteger y pegarle a la pelota. Fue un exquisito que llegó hasta donde quiso, sin renunciar jamás a ser “Garrafa”.
En el inicio de su trayectoria profesional, Boca Juniors le brindó una oportunidad que finalmente se frustró por una de sus grandes pasiones: las motos. “Con Laferrere fuimos a jugar un amistoso contra Boca, en el Sindicato de Empleados de Comercio, en Ezeiza. Al domingo siguiente, Boca ganó y (Carlos) Bilardo (el DT), por cábala, pidió jugar otra vez con nosotros. Anduve bien y me ofrecieron entrenar con ellos. El tema es que no tenía con qué ir hasta allá porque no había colectivos. Y me mandaba con la moto, una CBR 600. Un día, en la autopista, pasé a una camioneta en la que iba Bilardo, me vieron y me dijeron que no fuera más. No me arrepiento, porque no tenía otra manera de llegar”, recordó sobre aquella experiencia que pudo cambiar el curso de su carrera.
Lo que para otro jugador hubiera sido la gran chance perdida, para “Garrafa” se trató de una simple anécdota, marcada por el destino reservado para cada uno. “El Loco”, como lo llamaban algunos de sus compañeros, no necesitaba luces de neón para ser feliz en el fútbol, podía alcanzar ese estado de plenitud en una cancha de la C, de la B o de Primera. Su romance era con la pelota al margen del contexto.

Tampoco el fútbol iba a nublarlo al momento de establecer prioridades en la vida, así fue que rompió su contrato en Bella Vista de Uruguay, antes de comenzar la Copa Libertadores 2000, para acompañar de cerca a su padre Francisco, que peleaba contra un cáncer de pulmón. De su viejo, garrafero de profesión, heredó el apodo y la integridad para manejarse en situaciones complejas. Tras tomar esa difícil de decisión de regresar de Montevideo, estuvo más de seis meses alejado del fútbol, sobrevivió con changas y a mediados de ese año firmó con Banfield, sin saber que en su primera temporada sería el principal artífice de la histórica campaña que posibilitó el regreso a Primera.

Con sus goles, sus asistencias, sus gambetas, sus tacos, sus pisadas y sus amagues para desairar rivales generó una enorme identificación con los hinchas. “Garrafa” fue una representación de ellos dentro de la cancha. Su figura inspiró diversas expresiones artísticas: canciones, películas, documentales y hasta una estatua en el club.
Alegre, generoso, loco, rebelde, competitivo, provocador, un crack que disfrutó del fútbol con reglas propias. Su trágica muerte con apenas 31 años, el 8 de enero de 2006, tras accidentarse con su moto, dejó un enorme vacío y dio nacimiento a un mito que se trasladará de generación en generación.





