La atajada que detuvo el tiempo
Toda consagración deportiva tiene un momento épico, un segundo en el que la gloria y el abismo encuentran su punto más cercano. Dibu Martínez, la noche de la consagración en Lusail, entró en la historia con una atajada colosal. Crónica de instante que pudo cambiarlo todo.
Domingo 18 de diciembre de 2022, el reloj marca las 14 horas, 42 minutos, 22 segundos de una tórrida tarde en Argentina. Las calles están desiertas y todo un pueblo, con el pulso acelerado, contiene la respiración frente a los televisores.
A miles de kilómetros, en Qatar, se desarrolla una de las finales más dramáticas de la historia de los Mundiales, que llega a su fin después de un curso cinematográfico, épico, desconcertante… El resultado está empatado 3 a 3, se juegan los últimos minutos de prórroga y la angustia de los penales parece un trance inexorable para decidir al nuevo campeón.
Se llevan jugadas más de dos horas en el majestuoso Estadio Icónico de Lusail, los futbolistas lucen como colosos extenuados, después de una batalla épica en la que todavía no hay indicios de desenlace.
El polaco Szymon Marciniak agregó tres minutos y a los 2:39 un defensor patea la pelota hacia adelante, desde el círculo central, casi de compromiso, con la intención de alejarla del campo francés y ubicarla más cerca del arco de Argentina.
El balón hace una parábola rápida y corta, supera la posición de Otamendi, pica cerca de la medialuna y queda a merced del delantero Randal Kolo Muani, en perfecta posición para ejecutar al arquero rival.
El tiempo se detiene. Las imágenes de una película triste pasan a toda velocidad por la cabeza de los argentinos. La historia de Qatar 2022, en una fracción de segundo, parece transformarse en una pesadilla como la de Brasil 2014 o la de las Copas América en Chile y Estados Unidos.
Kolo Muani ingresa al área a la carrera, Kylian Mbappé está a su izquierda, listo para lograr el récord de cuatro goles en una final mundialista, pero elige rematar al arco cuando Dibu Martínez ya había decidido su estrategia para abortar la catástrofe.
“La pelota tuvo un efecto extraño después de rebotar e intuí que podía pegarle de volea. Salí en diagonal, dejándole intencionalmente un pequeño espacio a mi izquierda, en el palo cercano. Como diciéndole: ‘pateá ahí’”, contó Dibu a la revista France Football.
El arquero argentino se plantó firme frente al delantero, extendió los brazos y las piernas para abarcar mayor espacio y bloqueó el disparo con el tobillo izquierdo. En ese instante, con todo el banco de suplentes de Francia dentro del campo, palpitando el festejo, se consumó una de las atajadas más extraordinarias de la historia del fútbol.

La mayoría de los mortales tardó en procesar la dimensión de lo sucedido porque, además, el partido guardaba tiempo para una réplica electrizante de Argentina, que terminó con un cabezazo desviado de Lautaro Martínez.
"Fue tan rápida la jugada que no me dio tiempo de sufrirla. Después, cuando la ves, te das cuenta de lo que fue”, asimiló Messi. “La atajada fue impresionante, increíble”, calificó De Paul; “Me quedé sin aire en el pecho”, reconoció Tagliafico; “Nos agarramos la cabeza cuando la pelota le quedó servida”, recordó Julián; “Va a quedar en el recuerdo de todos”, inmortalizó Lautaro.
Scaloni, desbordado por la situación, incapaz de digerir emocionalmente todo lo sucedido, hizo una cancelación: “Fue clave porque todo se terminaba ahí. No la miré más porque quizás entre”.
Desde ese instante, la carrera de Kolo Muani quedó marcada por el resto de los tiempos. “Siempre seré el tipo que falló el mano a mano en la final de la Copa del Mundo. Es para toda la vida. Incluso cuando mi carrera termine, se hablará de eso”, aceptó con honestidad brutal.
“No tengo palabras para explicarlo, es increíble, simplemente increíble. Hubiésemos ganado la Copa del Mundo y yo hubiera sido la estrella”, lamentó.
Aquella tarde de diciembre, entre la tensión insoportable y el pulso colectivo de un país al borde del infarto, se selló más que una historia de gloria deportiva: se escribió una leyenda. La atajada de Dibu Martínez, nacida del instinto, el coraje y un poco de destino, quedará grabada para siempre en la memoria del fútbol. Cuando todo parecía derrumbarse, el héroe argentino dio vida a un sueño que más tarde, con idéntico protagonismo de su parte en la tanda de penales, se convirtió en una emoción transgeneracional.





